Artículo de los dirigentes de ANDALUCÍA COMUNISTA y NACIÓN ANDALUZA ante el 28F

28fEste 28 de febrero, como todos los años, se repetirá el mismo ritual institucional de siempre: vacío, frío y aburrido. Este año 2012, al cumplirse el 30º aniversario del primer Estatuto de Autonomía, se repetirán estos largos, tediosos y triunfalistas discursos sobre el progreso económico, social y cultural conseguidos gracias a las instituciones autonómicas andaluzas que surgieron del supuesto marco democrático nacido de la Constitución Española de 1978. Se nos dirá que la actual situación que vivimos se puede superar. Que es cuestión de tiempo y de trabajar de cara a la unidad de la sociedad andaluza, como si no supiéramos que la sociedad andaluza ha estado siempre dividida en dos: en los de arriba y en los de abajo. En definitiva, nos contarán que cambiando el partido que detenta el poder – para unos en Madrid, para otros en Sevilla, y para los menos en ambas ciudades – todo será distinto. Sin embargo, esos discursos se quedarán una vez más desnudos y vacíos de argumentos y sentido cuando se confronten con la realidad andaluza, es decir, con la realidad diaria del Pueblo Trabajador Andaluz.

No nos pasa desaprecibido el hecho de que este 28 de febrero viene marcado por la cita electoral del 25 de marzo en un contexto de crisis sistémica del capitalismo. Por tanto, todas las fuerzas políticas que desde la derecha y la izquierda han venido sosteniendo de una manera u otra políticamente el actual régimen autonómico andaluz, apéndice de la monarquía española de las autonomías, nos llamarán a revivir el pretendido “espíritu” del 28 de febrero de 1980 votando por sus siglas. Nos dirán que sus programas electorales contienen las recetas mágicas que nos sacarán de la crisis y a Andalucía en particular de los furgones de cola en indicadores socio-económicos, y que acabarán con el paro y la marginación. Mucho nos tememos que todos esos partidos nos venderán, como siempre, fuegos de artificio que desaparecerán al día siguiente.

Estamos en la convicción de que para superar verdaderamente esta crisis sistémica en Andalucía se hace necesario empezar por algo muy básico pero a la vez problemático: convencerse de que la solución no va a venir ni de las actuales instituciones (estén estas radicadas en Andalucía, Madrid o Bruselas) ni de los partidos o sindicatos que han venido sustentándolas durante todos estos años. El actual régimen, como un complejo donde la estructura económica extractiva se ha asociado con una superestructura institucional para explotar a Andalucía y a otros pueblos trabajadores, es el culpable de nuestra situación. Estamos también en la convicción de que las soluciones han de tener como remitente y destinatario al Pueblo Trabajador Andaluz. No basta con que seamos meros testigos de un “cambio de gobierno” para terminar con nuestra secular opresión.

Tras las numerosas manifestaciones que tuvieron lugar el 4 de diciembre de 1977, el pueblo andaluz dejó patente sus ansias de justicia y libertad. Se ponía en marcha un verdadero movimiento nacional de carácter netamente popular. Ese movimiento encerraba a la vez muchas potencialidades, como también múltiples e irreconciliables contradicciones. Las palabras “autonomía” o “autogobierno” sonaban por todas partes y eran pronunciadas por los más diversos actores políticos y sociales, pero muy pocas veces se concretaba qué se quería decir con esas palabras. A pesar de ello, en el imaginario popular andaluz esas palabras significaba tierra, trabajo, libertad, dignidad y respeto para sus señas de identidad y cultura, desarrollo económico y social, justicia y progreso que acabaran con la emigración, el analfabetismo, el paro, el caciquismo, la falta de perspectivas, el subdesarrollo, la marginación, el hambre, el desprecio y la manipulación de una cultura que hundía sus más profundas raíces en un mar: el Mediterráneo.

Andalucía, como país subdesarrollado y oprimido, era la consecuencia de un peculiar proceso histórico, es decir, era la consecuencia del papel que se le asignó en la configuración histórica de lo que hoy es el Estado Español. Una configuración histórica que se aceleró especialmente con el desarrollo del modo de producción capitalista, en la que la gran oligarquía española – desde prácticamente sus inicios históricos – llevó a cabo una división territorial del trabajo que aún perdura. Los 40 años de dictadura franquista acentuaron y destacaron el rol de la Andalucía subdesarrollada, dependiente y oprimida, como no podía ser de otra manera.

Lamentablemente, el Pueblo Trabajador Andaluz – como cabeza visible de aquel movimiento nacional y popular – no pudo desarrollar los instrumentos de lucha adecuados a las circunstancias y al momento histórico, especialmente la herramienta política nacional y de clase. Ante esa ausencia no se hicieron esperar los diferentes oportunismos. La pequeña burguesía andaluza, lastrada por una debilidad secular, se acompañó de algunos sectores de la clase obrera andaluza, dando lugar a un movimiento andalucista que se escoró rápidamente hacia el regionalismo. Temerosa del cariz de los acontecimientos, se esforzó desde el principio por encauzar el movimiento popular por los cauces sistémicos previstos. Inevitablemente, los sectores populares se fueron desgajando paulatinamente de este “andalucismo” hasta convertirlo en la estructura meramente representativa de pequeños grupos clientelares que hoy constituye.

Los cuadros dirigentes de las principales organizaciones netamente obreras y andaluzas, desorientados ante una problemática popular andaluza imprevista y analizada sobre la marcha. Se esforzaron en cabalgar unas reivindicaciones que se salían de la secuencia revolucionaria prevista, encajándola en todos los casos en un esquema etapista del desarrollo de la lucha de clases con “paso obligatorio” por Madrid.

Finalmente la dirigencia social-liberal, con el apoyo imprescindible del capital alemán que conoce bien las estructuras estatales descentralizadas como las de la propia Alemania, se situó en la mejor posición para rentabilizar primero y encauzar después las reivindicaciones populares andaluzas. El proceso, repleto de unas contradicciones cuya forma de superación fue la combinación de desmovilización popular general y “guerra sucia” localizada en los sectores obreros andaluces más combativos, dotó al PSOE de un aura de combatividad andaluza prefabricada entorno a ciertos elementos de movilización más simbólicos que reales. Tan simbólicos como el 28F. De esta forma, se configuraba el PSOE como el más adecuado implementador de las políticas neoliberales en Andalucía para las décadas posteriores.

Así se construyó el régimen político actual, dando lugar a esta Andalucía de principios del siglo XXI. Una estrategia combinada de “palo y zanahoria” que ha hecho recorrer al pueblo andaluz en estos 30 años el camino marcado por la Comisión Trilateral y las grandes burguesías europeas. En lo económico contamos con un país de 8’5 millones de habitantes y con más de 2 millones de andaluces y andaluzas en la diáspora. Un PIB per cápita de 18.735 € frente a los 22.578 € del PIB estatal. Unas tasas de paro – oficiales – que alcanzan el 31’2%, es decir, más de 1’4 millones de personas en paro y que casi duplican las del Estado Español que (si exceptuamos Andalucía) se quedan en un 17’8%. Una agricultura colapsada por las escasas inversiones productivas de la patronal, el coste creciente de los productos agrícolas y el regreso del proletariado andaluz que huye de la caída en picado del sector de la construcción. Un proceso de desindustrialización creciente que motiva que tan solo el 10% de la población activa en Andalucía trabaje en el sector industrial frente al 17% estatal. Proceso al que solo se resisten la industria militar y las industrias altamente cancerígenas de Huelva y Algeciras, instaladas durante el franquismo y un sector servicios en crisis debido a la oleada de recortes neoliberales o, en el caso del turismo, dependiente de las multinacionales del sector y en todo caso modesto en comparación con el sector turístico estatal (el 18% sobre el total estatal).

En lo político, la característica más visible del período es la continuidad durante 30 años del PSOE en el poder. Esta hegemonía de los social-liberales ha facilitado la puesta en marcha de la agenda neoliberal en las mejores condiciones posibles para el capital, a cambio de asumir un reducido coste en políticas caritativas centradas fundamentalmente en la infancia y la tercera edad. La alternancia política hubiera posibilitado posibles desestabilizaciones ante un PP que, como representante de las capas más recalcitrantes de la burguesía andaluza, sólo saben tratar al pueblo andaluz “a ostias”. Por el contrario, la hegemonía del PSOE ha facilitado el avance del capital, abriéndole paso a un PSOE que conoce de cerca a las clase populares ya que ha recultado a muchos de sus cuadros políticos en las mismas, constituyendo así un ejército de cipayos imprescindible para vencer las resistencias populares andaluzas al imperialismo español. Mientras, las franjas intermedias y económicamente más productivas – la juventud y la población adulta en edad activa – han experimentado unas condiciones de explotación caracterizadas por desenvolverse en una economía andaluza de rasgos neocoloniales. Unas condiciones de la clase obrera andaluza determinadas por una relación crecientemente desfavorable con el capital que han dibujado un retroceso en derechos a la vez que en auto-reconocimiento colectivo del Pueblo Trabajador Andaluz.

La aculturación creciente bajo el insistente discurso de la “inferioridad” de lo andaluz ha favorecido a medio plazo la disolución de las resistencias populares. Resistencias que se “trabajan” también de forma frontal desde los aparatos represivos (legislativo y judicial) a corto plazo. En un proceso que imposibilita a la clase obrera andaluza y a los sectores populares reconocerse como tales, en toda su amplitud, optando por el pragmatismo de trabajar a favor de la metrópoli colonial antes que ejercer una rebelión imposible contra ésta.

Hoy, 28 de febrero, tenemos la convicción de que la solución pasa por tres palabras: por nosotros mismos. Este 28F de discursos tan altisonantes como vacíos es la fecha de las promesas que ya sabemos que se incumplirán, por eso, es imprescindible saber que el único cambio pasa por nosotros. En el trabajo, en los centros de estudio, en la cola de paro o en el mercado, la lucha ha de pasar por convencernos de que hemos de formar parte activa de ella. Esa máxima tan sencilla es la clave sin la cual es imposible un horizonte donde la soberanía nacional andaluza y la revolución social sean posibles. Ni lo uno ni lo otro son realizables en el marco de la apatía, la desmovilización o la espera de soluciones importadas. El ejercicio que desde la izquierda independentista y desde el ámbito de toda la izquierda soberanista andaluza se hace a diario es una muestra de la fortaleza de la idea, a pesar de que en lo numérico aún no somos fuerzas suficientemente amplias. Somos conscientes de ello. Sabemos que aún nos queda mucho tiempo en que “no será suficiente” todo lo que hagamos. Es por eso que estamos trabajando por la unidad de la izquierda soberanista andaluza y se están dando pasos que para nosotros son esperanzadores, como la constitución de la Mesa Andaluza de Izquierda Soberanista (MAIS) en abril del pasado año.

La importancia del hecho es una cuestión más de futuro que de presente. La MAIS supone el reconocimiento implícito de que necesitamos trabajar en un contexto de unidad por la liberación de Andalucía. Sabemos que el trabajo que individual o colectivamente realizamos cada uno en nuestro ámbito es importante, pero también somos conscientes de la necesidad de avanzar en la construcción de una unidad que parirá, antes o después, un referente político de la izquierda soberanista andaluza. Una herramienta que sea capaz de confrontar al capital y al tambaleante Estado Español, un Pueblo Trabajador Andaluz en pie de guerra, desarrollando las contradicciones de tal proceso con un carácter favorable para la mayoría de los andaluces, para la clase obrera andaluza. Si coincidimos en señalar que la raíz de nuestros problemas es política, la solución está clara: tenemos que hacer política y eso significa implicarnos en los problemas concretos de nuestro pueblo, y cómo no, dar soluciones desde una perspectiva global, ofreciendo una alternativa política nacional y de clase, haciendo confluir conflictos parciales y sectoriales hoy dispersos y desconectados unos de los otros.

La construcción de ese referente político no se puede concebir exclusiva y estrechamente a las citas electorales, como ha pasado en ocasiones anteriores. Son ya varias las siglas que tras las elecciones de turno han quedado olvidadas en el cajón sin haber cumplido su misión fundamental: ser la herramienta política para la construcción de una Andalucía libre y socialista. Por coherencia y responsabilidad con la clase obrera y los sectores populares andaluces, eso no puede volver a ocurrir.

Pero para su construcción es imprescindible contar no sólo con aquellas personas que ya estamos en ellos. Tendremos tanto o más dinamismo a la hora de quemar etapas en el proceso en cuanto que más sectores de la Andalucía rebelde asuman la necesidad en toda su amplitud de este útil de lucha. “Robarle” la política a los políticos para ponerla en manos del pueblo es un ejercicio de osadía que requiere abundancia de ideas pero también de mujeres y hombres revolucionarios para tal fin. La MAIS es hasta ahora lo más acabado que hemos construido en este sentido. En la actualidad, el mejor punto de encuentro para que colectivos, organizaciones, asociaciones y personas a título individual se den cita en una confluencia que, sin la premura constante de los cálculos electorales, nos permita construir complicidades y fraguar los cimientos de una futura Andalucía soberana. Una Andalucía socialista. Una Andalucía libre.

Antonio Torres, Secretario General de ANDALUCÍA COMUNISTA

Carlos Ríos, Coordinador Nacional de NACIÓN ANDALUZA

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